Tuesday, January 26, 2021

 

 

https://www.clarin.com/opinion/unidos-democracia-dobla-rompe_0_7IG66If-T.html

publicado 1-18-21 y actualizado 1-26-2021

 

La democracia norteamericana no colapsó (se dobló, pero no se rompió)

Rubén M. Perina, Ph.D.

 

Las imágenes del asalto insurreccional al Congreso de Estados Unidos (el Capitolio) el 6 de enero pasado seguramente dio gran satisfacción al mundo autoritario y facho/populista. La horda golpista, incitada por el expresidente Trump y sus cómplices, buscaba impedir la certificación de la victoria electoral de Joe Biden. Para los enemigos de la democracia norteamericana, los dramáticos eventos demostraron su supuesta creciente debilidad y decaimiento, en contraste con la solidez y gobernanza efectiva que exhiben las autocracias pseudo-democráticas (aunque la de Putin ya se tambalea). Según ellos, EEUU ha dejado de ser el modelo de democracia y ha perdido autoridad para arrogarse el rol de promoverla y defenderla por el mundo. Mientras que los demócratas del mundo no dejaron de expresar su genuina consternación y asombro por lo ocurrido, después de todo Estados Unidos es el líder y la potencia indispensable para la sobrevivencia del mundo democrático liberal. 

 

La democracia estadounidense no colapsó, aunque se dobló sin romperse; sobrevivió el inaudito y traicionero ataque desde una de sus propias instituciones, su presidencia nada menos. Las autoridades electorales (inclusive del partido republicano), las cortes estatales y federales, la misma Corte Suprema con jueces nominados por Trump, y hasta legisladores republicanos resistieron las intimidaciones, presiones y denuncias de falso fraude del presidente y sus aliados para revertir los resultados electorales. Se rechazaron más de 60 impugnaciones judiciales. Incapaz de aceptar su derrota, por su narcisismo, Trump siguió insistiendo que le robaron la elección con un gigantesco fraude (la Gran Mentira) y buscó a cualquier costo prevenir la confirmación de Biden, en un vergonzoso intento sedicioso, inédito en la historia contemporánea del país.

 

Desde 2016, vía Twitter y Fox News, Trump ha sabido manipular un sector significativo pero minoritario de la población, mayormente blanco y de clase media, sin educación universitaria, que se siente marginado, ignorado, desconforme y amenazado por el creciente pluralismo racial, por el establishment y la meritocracia, por la automatización y la globalización. Trump explotó y acentuó esos sentimientos con su demagogia, mendacidad, desinformación y mensajes divisivos de miedo y odio, y convenció al sector que él representaba su voz y sus intereses, generando así una base electoral (trumpismo duro) radicalizada, extremista con tendencias populista, autoritaria, racista/supremacista, nacionalista, aislacionista y unilateralista, que lo sigue ciegamente. 

 

Después de las elecciones del 3 de noviembre convocó a sus fanáticos a Washington donde los incitó a impedir el acto formal de ratificación de la victoria de Biden en el seno del Congreso.  Miles de sus frenéticos seguidores llegaron a la capital y luego de su discurso destituyente convergieron en una turba que invadió el Capitolio, un suceso facilitado por el increíble lapso de seguridad en las fuerzas del orden (Mas de 100 vándalos ya se encuentran apresados y procesados). La incitación a la violencia y la arremetida al Congreso fue un acto de insurrección perpetrado por el propio presidente contra la democracia norteamericana, degradándola ante el mundo.  

 

 

 

 

La embestida contra el Capitolio sólo es atribuible a Trump y sus secuaces, que han manipulado maquiavélicamente a su electorado (74 millones vs 81 millones de Biden) con mentiras sobre un inexistente fraude, con una retórica incendiaria, de instigación a la insurrección violenta para revertir la elección, que inevitablemente terminó en el ataque sedicioso al templo de la democracia.  

 

Para su complot parlamentario, Trump contó con 120 representantes (de 538) y 6 senadores (de 100) republicanos cómplices, que objetaron los resultados electorales en Arizona, Pennsylvania y otros estados, en un vano esfuerzo de impedir la confirmación de Biden.  Luego de unas 6 horas de ocupación y vandalismo, se logró desalojar a la turba trumpista y el Congreso reanudó el proceso de confirmación. A las 4 de la mañana el mismo concluyó con las dos Cámaras rechazando las objeciones y ratificando la victoria de Biden. Una contundente derrota para Trump y sus desvergonzados aliados. La agresión contra el Capitolio y la democracia misma es sólo la última expresión de una presidencia bochornosa, la peor en la historia contemporánea de este país, cuyo ocupante ha sido inculpado (impeached), inéditamente, dos veces por la Cámara de Representante. 

Para frustración y disgusto de Trump y sus fanáticos, Biden asumió el 20 de enero.

 

Los autócratas del mundo no deben olvidar que el trumpismo en efecto sufrió un decisiva derrota en el voto popular y en el Colegio Electoral, no logró revertir el resultado electoral en las Cortes y perdió el control del Senado, con la extraordinaria victoria en el estado de Georgia de senadores del Partido Demócrata, un afro-americano (Raphael Warnock) y otro judío (Jon Ossoff), que le darán la mayoría parlamentaria en el Congreso. Además, por su fracasado intento de sedición, ha sido imputado (impeached) por la Cámara de Representantes y espera su juicio en el Senado (8 de febrero) que si lo encuentra culpable, también lo puede inhabilitar para futuras funciones políticas. 

 

Veremos si lo ocurrido fue un hecho aislado o un indicio de la presunta decadencia de la democracia norteamericana. Por eso, el  gran desafío de la administración Biden es restaurar la  fortaleza de la democracia norteamericana y  recuperar su prestigio, influencia y liderazgo en el mundo liberal. Para ello, tendrá que construir puentes y consensos para achicar la grieta que separa el electorado demócrata del trumpista, y tendrá que convencer a éstos de las bondades y promesas de la democracia estadounidense.  Nada nuevo, la democracia siempre es una tarea en progreso, es la práctica imperfecta de un modelo ideal de vida y gobierno que se persigue constantemente. 

 

 

 

 

 

 


https://www.clarin.com/opinion/joe-biden-cambio-continuidad-politica-exterior-unidos_0_2IYazosnz.html

Joe Biden, cambio y continuidad en la política exterior de Estados Unidos

Su presidencia intentará retornar a un rol pro-activo en defensa del mundo liberal que EE.UU lideró desde 1945.

(actualizado)

 

20 de diciembre de 2020

 

Rubén M. Perina, Ph.D.*

 

Con la decisiva victoria electoral de Joe Biden se cierra un insólito paréntesis en la historia contemporánea de Estados Unidos; se termina el mundo trumpiano del narcisismo, incompetencia, mendacidad, realidades alternativas e inéditos ataques a las instituciones democráticas. Es el fin del comportamiento disruptivo, errático y temerario del presidente Trump, así como de sus políticas unilaterales, aislacionistas, proteccionistas, nacionalistas y xenofóbicas. 

 

Como se sabe, no hay política exterior efectiva sin un sólido frente interno; o sea, sin un gobierno legitimo y previsible, una economía pujante y cierto consenso ideológico, cohesión y paz social. Así, Biden querrá reducir la polarización reinante, buscando consensos para manejar la pandemia, la reactivación económica y la reinserción del país en el sistema internacional. También tendrá que ganarse la confianza del 70% de los votantes de Trump que creen en sus falsas denuncias de fraude. 

 

En lo externo, lo discernible hasta hoy es que la presidencia Biden intentará retornar a un rol pro-activo en defensa del mundo liberal que EEUU lideró desde 1945.  En ese cometido tendrá que balancear la eterna tensión estratégica entre la tradición y tentación idealista de promover y defender la democracia y los derechos humanos, versus las exigencias del realismo y el pragmatismo para proteger su intereses económicos y estratégicos. Sobre lo primero, trabajará con los aliados de la Comunidad de Democracias para enfrentar el desafío geopolítico de China y Rusia y contener la expansión de tendencias autocráticas por el globo. Pero en el marco de la nueva realidad multipolar, la rivalidad y balance de poder entre grandes potencias, no sorprenderá el uso de la capacidad diplomática, económica, militar y tecnológica del país para defender sus intereses vitales, ya sea multilateral o unilateralmente. Abordará este desafío combinando el “poder blando” y el “poder duro” del país (“smart power”). 

 

La administración Biden volverá al multilateralismo para manejar temas estratégicos que requieren gobernanza colaborativa (pandemia, degradación ambiental, proliferación nuclear, tiranías y crisis humanitarias, seguridad). Buscará un rapprochement con los aliados tradicionales de Europa y NATO, para contrarrestar el avance geopolítico de Rusia en Ucrania y el Medio Oriente; y lo mimo con los aliados de Asia (Japón, Corea del Sur, Australia) para confrontar el expansionismo geopolítico de China; y retornará a los acuerdos de cambio climático de París y los tratados de limites al desarrollo nuclear de Irán y de control de misiles nucleares con Rusia. No retirará apresuradamente sus tropas de Afganistán e Iraq para prevenir que caigan en manos de extremistas islámicos. Tampoco desechará los acuerdos de Israel con países árabes facilitados por Trump

 

En América Latina, bilateral y multilateralmente, se prevé que la administración Biden muestre un mayor protagonismo en apoyo de las democracias y en contra de las dictaduras de la región. Por la escasez de recursos, debido a la contracción económica causada por la pandemia, la cooperación se impulsará vía la Organización Panamericana para la Salud (OPS), el BID y el Banco Mundial. Pero continuará las denuncias y sanciones diplomáticas, comerciales y financieras contra las dictaduras en Cuba, Nicaragua y Venezuela, y seguirá apoyando las acciones en ese sentido de la OEA y su Secretario General, así como las del Grupo de Lima y de los miembros del TIAR. Pero podría retomar el dialogo con Cuba en busca de una apertura democrática en isla. En Centro América, reactivará la iniciativa de cooperación para el desarrollo que como vicepresidente acordó con Guatemala, Honduras y El Salvador (Triangulo Norte), para contener el flujo migratorio a EEUU.

 

En Venezuela, continuará buscando el desalojo de la dictadura chavista y el retorno de la democracia. No reconocerá al gobierno de Maduro ni la reciente elección fraudulenta de la Asamblea Nacional y mantendrá su reconocimiento al presidente interino, Juan Guaidó. Seguirá “apretando el tornillo” contra los personeros del régimen y contra las compañías chinas de internet que proveen al régimen tecnología para controlar las actividades de los venezolanos, y contra la multinacional rusa Rosneft que comercializa el petróleo venezolano. Rechazará como una amenaza a la paz y seguridad de la región la penetración económica y geopolítica de China, Cuba, Irán y Rusia. Pero es improbable que emprenda un ataque militar al menos que Maduro agreda a sus vecinos o permita la instalación de bases militares de potencias extra-regionales. Y es probable que también muestre su molestia por la complicidad silenciosa que exhiben Lopez Obrador de México y la dupla Fernandez-Kirchner de Argentina con la dictadura. 

 

Por otro lado, la administración Biden seguramente intensificará la colaboración con Colombia y Brasil para combatir las operaciones de la narco-guerrilla en Venezuela y su lavado de dinero que benefician a la cúpula cívico-militar; y seguirá apoyando la dura oposición colombiana del Presidente Duque a Maduro. Aunque con Brasil probablemente se tense la relación por la demanda de contener la deforestación en la Amazonía. Biden apoyará a Argentina en sus negociaciones con el FMI para re-estructurar su gigantesca deuda, pero también apoyará las exigencias del organismo para que el gobierno ajuste las cuentas fiscales y mejore el ambiente empresarial para atraer inversiones o prevenir que dejen el país (Walmart y otras). Y no verá con buenos ojos la complicidad silenciosa del gobierno con las dictaduras en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

 

Estados Unidos está de vuelta con cambios y continuidad en su política exterior y con ello se presentan oportunidades y desafíos que los países del hemisferio deberán sopesar.

 

20 de diciembre de 2020



* Analista internacional, reside en Washington, D.C.

Thursday, November 26, 2020

No termina hasta que termina…..

 

https://www.clarin.com/opinion/proceso-electoral-ee-uu-todavia-concluido_0_ifUtlNLiw.html

23 de noviembre de 2020

 

El proceso electoral en EE.UU. todavía no ha concluído
El Colegio Electoral debe cumplir antes varios requisitos constitucionales.

 

Rubén M. Perina, Ph.D.

 

En el baseball, un deporte que no se juega con tiempos, hay un dicho: el partido “no termina hasta que termina”. El proceso electoral norteamericano no ha terminado con las elecciones del 3 de noviembre, y el resultado definitivo no se confirmará hasta que éste se certifique por las autoridades electorales de cada estado (Trump cuestiona los resultados en varios de ellos) y hasta que la lista de electores ganadora se envíe al Congreso Nacional, donde, en sesión conjunta se proclamará el nuevo presidente el 6 de enero de 2021. (Recordar que al votar por presidente en EEUU en realidad se vota por una lista de electores para el Colegio Electoral).

Pero el proceso del Colegio Electoral tiene que cumplir varios requisitos constitucionales, con fechas perentorias. Para el 8 de diciembre cada estado debe resolver cualquier controversia sobre los comicios o la lista de electores, y para el 14 de diciembre, los electores deben reunirse en cada estado y votar por su candidato. Seguidamente, las autoridades electorales y el gobernador certifican y envian la lista de electores con sus votos para el 23 de diciembre al presidente del Senado Nacional.

Sin embargo, en el ínterin, en cualquier estado se puede impugnar o judicializar el proceso por supuesto fraude, emergencia nacional o interferencia extranjera. Los cuestionamientos pueden resolverse por las Cortes o por recuento de votos y/o auditorías del proceso.  El recuento es automático en casos en que el margen de victoria sea muy estrecho (menos de 0.5 %), pero rara vez se modifica el resultado. El proceso es seguro y confiable debido a los controles cruzados y la transparencia existente. Varias impugnaciones ya han sido rechazadas en las Cortes estatales de Arizona, Michigan y Pennsylvania por falta de méritos.

Pero si las controversias no se resuelven para las fechas perentorias, ello podría impedir que los electores se reúnan y que el gobernador envíe la lista de electores y sus votos al Senado. Inclusive la legislatura estatal podría intervenir (constitucionalmente puede hacerlo) y decidir que el voto popular fue irregular y no confiable, y podría determinar que la lista de electores válida es la del partido que controla la legislatura (una posibilidad aberrante). Ello podría significar que las dos Cámaras del Congreso Nacional no concordasen en ratificar los resultados o simplemente que nadie obtenga los 270 votos necesarios, como ocurrió en 1876 -- ocasión en que se nombró una comisión bicameral que eventualmente decidió, tras controvertidas negociaciones, que los cuestionados electores de Rutherford Hays tenían la mayoría.

Pero hay otra valla que complica el juego: Trump y los Republicanos despechados y desquiciados por la derrota que consideran injusta. Estos no reconocen o no les importa que Biden haya ganado en buena lid; ignoran que en la democracia como en los deportes hay que saber ganar con magnanimidad y perder con dignidad.

Lo traumático para el país es que Trump sigue denunciando un fraude que no puede demostrar, judicializando la revisión de resultados, desinformado a su base con descabelladas mentiras vía tweets y Fox News, no reconociendo a Biden y rehusando comenzar la transición. Tal es así que Twitter retiró 300 mil envíos de Trump por falsos; pero su desinformación ha calado: el 75% de Republicanos cree que Biden no ganó legítimamente. El objetivo de Trump es deslegitimar al gobierno, sin importarle que así socava la confianza en las instituciones republicanas de la democracia norteamericana y su liderazgo en el mundo liberal.

Todo ello a pesar de que la mayoría del electorado y los medios saben que Biden ha ganado con más de 80 millones contra 74 millones en el voto popular y 306 a 232 en el Colegio Electoral. (Victoria decisiva para un “challenger”, pocas veces vista). Además, varias autoridades electorales y de seguridad, incluyendo Republicanos, han declarado que la elección fue la más segura en la historia.

La demora en reconocer la derrota y facilitar la transición al nuevo gobierno no sólo obstaculiza la lucha contra el covid-19 y los esfuerzos de recuperación económica, sino que también amenaza la seguridad nacional. Para el general John Kelly, ex jefe de gabinete de Trump, la demora y los recientes cambios drásticos en el mando militar del Pentágono es alarmante y puede tener consecuencias catastróficas. El ex director de la CIA, John Brennan, hasta ha sugerido que el despechado presidente podría iniciar una acción militar en algún país, retirar abruptamente tropas de Afganistán o divulgar secretos de seguridad nacional. Prominentes Republicanos ya han advertido lo mismo y han exigido se comparta información sobre seguridad nacional con el presidente electo.

El proceso puede terminar de dos maneras: una institucional y tradicional, en la que el juego continúa según las reglas y normas establecidas, con la concesión de Trump, hasta el 6 de enero, cuando se proclama el presidente; continuando hasta el 20 de enero (último “inning”), cuando termina con Biden asumiendo la presidencia. La otra, ominosa y bochornosa, en la que Trump no reconoce la victoria de Biden y es desalojado de la Casa Blanca por el Servicio Secreto. De cualquier manera, cuando termine el proceso se habrá contenido un peligroso deterioro y autocratización de la democracia estadounidense.

 

Sunday, November 22, 2020

https://www.infobae.com/america/opinion/2020/11/16/la-division-en-el-electorado-estadounidense/ 

 

OPINIÓN

La división en el electorado estadounidense

El país sigue dividido en dos grandes bandos o “tribus” políticas. ¿Quiénes conforman estos campos?

Rubén M. Perina

16 de Noviembre de 2020

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El resultado de las elecciones de 3 de noviembre no terminó siendo una ola azul como pronosticaban las encuestas. La victoria de Biden no fue un repudio humillante y abrumador al presidente Trump, como los Demócratas (“Dems”) esperaban y deseaban. Según datos preliminares, Biden ganó 78.3 millones a 72.3 millones en el voto popular y 306 a 232 en el voto del Colegio Electoral. Sin mandato apabullante en contra de los republicanos (“Reps”), el país sigue dividido en dos grandes bandos o “tribus” políticas.

¿Pero quiénes conforman estos campos? Datos publicados en recientes libros y encuestas en el Washington Post y el New York Times nos dan una idea aproximada:

Tradicionalmente votan por “Reps”  sectores socio-económicos conservadores que en su mayoría prefieren bajos impuestos y menos interferencia del estado regulando la economía o limitando libertades personales. Pero la demagogia de la campaña y presidencia de Trump trajo al partido un componente populista: una mayoría en sectores de obreros mal remunerados o desempleados y disgustados con la globalización, la automatización y la emigración de industrias a México o China, particularmente desde estados pendulares cruciales para el Colegio Electoral como Michigan, Ohio y Pennsylvania. Trump reconoció el poderío electoral de los “descontentos,” y les dio voz.

Este sector de “descontentos”, mayoritariamente mujeres y hombres blancos entre 40-60 años, sin educación universitaria, estancados en ciudades o zonas des-industrializadas, en 2016 se sentían sin futuro, ignorados, relegados o despreciados por las élites tradicionales del país. De allí surge su desdeño, desconfianza e impaciencia con el “establishment” político, burocrático y tecnocrático, con los medios y con la meritocracia de profesionales urbanos y cosmopolitas de las grandes metrópolis -percibidos como elitistas y arrogantes, progresistas (liberales) y hasta socialistas. En la tribu “Rep” también predominan tendencias autoritarias y autocráticas, nacionalistas, anti-inmigrantes, aislacionistas y unilateralistas. La mayoría de esta coalición “conservadora/populista” reside en ciudades con menos de 1 millón de habitantes y en estados mayormente rurales y agrícola-ganaderos, desde el centro norte, pasando por el mero centro hasta el sur -casi todos menos prósperos que los estados post-industriales de las costas del oeste y nordeste.

Por su parte, los votantes del Partido Demócrata son tradicionalmente mas diversos que los “Reps”. La tribu incluye una mayoría de blancos pudientes (más mujeres que hombres) con educación universitaria y con preferencias progresistas (liberales) y globalistas. Pero el partido también atrae una amplia mayoría de afroamericanos y una mayoría menor de latinos (cubanos, puertorriqueños, centro y sud americanos residentes de Florida, Nevada, Arizona, Texas, New York, Illinois) y parece haber recuperado el apoyo de una mayoría del sector obrero blanco en Michigan y Pennsylvania. La mayoría de estos votantes son obreros o empleados del sector servicio, sin educación universitaria y con bajos salarios. Los votantes jóvenes (menor de 30 años) prefieren los “Dems”, mientras que los votantes mayores de 65 años dividen sus preferencias 50-50.En su mayoría, los “Dems” residen en los estados prósperos de las costas del oeste y del noroeste y en centros metropolitanos con más de 1 millón de habitantes.

El pequeño margen electoral entre Biden y Trump refleja ese mundo político polarizado, dividido. Biden ganó el voto popular por menos de 3 puntos porcentuales, como ocurrió en las elecciones de 1960, 1968, 1976, pero también ganó el voto del Colegio Electoral, a diferencia de lo que pasó con Bush (h) en 2000 y con Trump en 2016 que perdieron el voto popular pero ganaron el voto electoral. El apretado resultado también se dio en la Cámara de Representantes, donde se redujo la mayoría de los “Dems”, y en el Senado los “Reps” necesitan ganar la segunda vuelta de las dos bancas del estado de Georgia para mantener su mínima mayoría.

Pero el problema hoy es que Trump no reconoce la victoria de Biden, rehúsa comenzar el proceso de transición requerido por ley, denuncia fraude sin evidencias y judicializa la revisión de resultados, cuando la probabilidad de irregularidades significativas es mínima, dado los controles cruzados, la seguridad y transparencia del proceso electoral. Se socava así la confianza en el proceso y en la democracia misma, y se pone en peligro la seguridad del país.

Este clima post comicios inaudito es el reto inmediato que Biden enfrenta; su discurso unificador y conciliador de aceptación ha sido su primera y acertada respuesta. 

El desafío es considerable: se trata de construir puentes entre los bandos y retornar a la convivencia cívica tradicional de la democracia estadounidense, marcada por valores y prácticas como la negociación para consensuar, la moderación, el respeto mutuo, el pragmatismo, el profesionalismo y la idoneidad en políticas públicas. Todo lo contrario a lo observado en los últimos cuatro años. Tendrá también que contrarrestar las voces que desconocerán su presidencia (Fox TV y el 80% de los “Reps”) y ganarse su confianza. Pero en realidad su mayor desafío es recomponer el sistema político democrático y restaurar el prestigio y el liderazgo de Estados Unidos en el mundo liberal.



El autor es analista internacional, reside e Washington, D.C.

https://www.perfil.com/noticias/opinion/ruben-perina-adjetivos-sobre-trump.phtml

Noviembre 2, 2020 PERFIL

Los adjetivos sobre Trump

En un clima enrarecido se realizan las elecciones del país más poderoso del planeta y cuyo resultado puede provocar una crisis política y constitucional.


Desde las elecciones de 2016 he seguido con detenimiento la trayectoria presidencial de Donald Trump, y aún con mayor intensidad en este año electoral en que el presidente busca su reelección.  Lo más desconcertante y alarmante de este ciclo electoral han sido sus infundadas denuncias  sobre el supuesto fraude que cometerían los Demócratas con el voto por correo y su amenaza de judicializar el proceso y no reconocer el triunfo de su opositor, el exvicepresidente, Joe Biden –lo que, según respetados observadores, podría  generar una inédita crisis político constitucional.   


Nos encontramos así, inesperadamente, ante un ambiente electoral enrarecido, marcado por especulaciones, tensión, incertidumbre, desconfianza y preocupación por la integridad de los comicios. La preocupación no es menor.  En el mundo actual, inter-dependiente y globalizado, el resultado de las elecciones en este país -el más poderoso del planeta y pilar imprescindible del mundo democrático liberal- no sólo pueden debilitar su propia democracia sino también su rol en el sistema internacional.  


El resultado de las elecciones en este país -el más poderoso del planeta y pilar imprescindible del mundo democrático liberal- no sólo pueden debilitar su propia democracia sino también su rol en el sistema internacional


Pero también es insólito e inédito cómo se ha caracterizado la conducta presidencial de Trump en la prensa tradicional (Washington Post, New York Times, the Atlantic, The New Yorker), en los  medios televisivos consagrados (excepto Fox News), las redes sociales y recientes libros de destacados analistas y exfuncionarios de Trump (demasiados para mencionar cada uno). Para ilustrar cómo se ha catalogado al presidente,  he recolectado una serie de adjetivos que se han utilizado con frecuencia para describir su comportamiento:      

  

Agresivo, “bully,”  autoritario,  abusivo, caótico, errático, inestable, impetuoso, corrupto, deshonesto,  “jerk”, mezquino, amoral, dictador, irrespetuoso de normas y  de instituciones, gánster, temerario, imprudente, irresponsable, el peor presidente de la historia moderna e indigno de ser presidente, peligroso, incompetente, inepto, difamador, divisivo, polarizante, egocéntrico, narcisista, arrogante, pedante, delirante, ignorante, inmodesto, insultante, vulgar, rudo, misógino, mentiroso, mendaz,  repugnante, racista, supremacista, xenofóbico.


Donald Trump vs. Joe Biden: Expertos analizan las cruciales elecciones en Estados Unidos


Este perfil o imagen que surge del presidente ciertamente es muy distante de las características de otros líderes norteamericanos de la historia moderna, por lo menos desde F.D. Roosevelt en adelante, ni tampoco refleja o representa una tendencia mayoritaria en la cultura política del país, al contrario. Pero la colección de adjetivos permite encapsular y caracterizar esa conducta como la de un presidente no tradicional o políticamente incorrecto, o para decirlo de otra manera, como un presidente anormal. Se puede argumentar así que en realidad la elección del 3 de noviembre es un referéndum sobre un presidente políticamente anormal.


*Analista internacional. 


 

Las amenazas electorales de Trump, el mayor desafío de EE.UU.

Rubén M. Perina

Rubén M. Perina……. LA NACION

28 de octubre de 2020  • 20:01

 

Los comicios presidenciales del 3 de noviembre enfrentan varios desafíos derivados de la pandemia del Covid-19 y de la necesidad de garantizar la salud de los votantes y de las autoridades electorales. Ya se han hecho modificaciones legislativas, organizacionales y logísticas en cada uno de los 50 estados, más el Distrito de Columbia (Washington DC), que pueden complicar, judicializar y demorar el proceso y el conocimiento de los resultados por varios días. Pero el mayor desafío que enfrenta Estados Unidos son las insólitas e inéditas denuncias y amenazas del presidente Trump.

 

El presidente norteamericano ha denunciado repetidamente, sin pruebas, un supuesto fraude que el partido Democráta perpetraría via el voto por correo. Pero peor todavía es su amenaza de no reconocer la victoria de su oponente si considera que las elecciones son fraudulentas; y hasta ha sugerido posponer las elecciones -sugerencia rechazada inclusive por los republicanos.

A tal efecto, su campaña busca capacitar a unos 50 mil voluntarios y unos 200 abogados ("Trump Army") para prevenir el voto ilegal, controlando, por ejemplo, la nacionalidad de latinos o el registro electoral de afroamericanos fuera de los recintos de votación (intimidación realmente), y para "proteger" el voto republicano de un supuesto fraude en su contra, controlando la validez y el conteo de las boletas postales y litigando las irregularidades identificadas.

 

Si los demócratas ganasen en los estados cruciales pendulares (6-7) por mayoría apretada, el plan es cuestionar los resultados, no reconocer su victoria e impedir la certificación de las listas de electores estatales del Colegio Electoral que cada gobernador debe enviar perentoriamente al Senado Nacional para el 14 de diciembre; o en casos en que la Legislatura estatal esté controlada por los republicanos (Pennsylvania, Wisconsin) ignorar el voto popular y certificar la lista de electores republicanos. Podría ocurrir así que ningún candidato obtenga los 270 (de 538) votos electorales necesarios para su proclamación el 20 de enero, en cuyo caso la elección pasaría a la Cámara de Representantes, donde cada estado tiene un voto y los republicanos podrían tener una mayoría.

En el marco de tal complejidad y manipulación del proceso del Colegio Electoral y la probable demora en conocerse el resultado, Trump podría adelantarse y declararse ganador la noche de los comicios con sólo los votos "en-persona" tabulados; o sea, con datos preliminares que podrían modificarse significativamente con el pasar de las horas y el escrutinio de los votos postales, que podría durar días. Un escenario postelectoral preocupante que podría incluir protestas callejeras, disturbios, vandalismo y una crisis institucional sin precedentes y con final incierto.

El insólito comportamiento de Trump, desconcertante y preocupante para respetados comentaristas y expertos, inclusive republicanos, sólo se puede explicar por su irritación y desesperación ante los persistentes números negativos de las encuestas

Y como si eso fuera poco, Trump ha insinuado que en ese caso podría utilizar las fuerzas armadas, como lo hizo para desalojar demostraciones pacíficas contra la violencia racial frente a la Casa Banca, lo que causó fuertes críticas en la opinión pública, inclusive en círculos militares, al punto que el general Milley, jefe del Comando Junto de las Fuerzas Armadas, tuvo que disculparse por participar en el operativo. En vista de esos inusuales y temerarios comentarios y prácticas del presidente, legisladores demócratas, en una acto sin precedentes, consultaron a las autoridades militares sobre el rol que tendrían las fuerzas militares en los comicios, advirtiendo que cualquier acción militar no relacionada estrictamente a la seguridad nacional constituiría un acto de sedición o motin militar. 

 

Tanto el general Milley como el secretario de Defensa, Mark Esper, respondieron que no contemplan tener papel alguno en las elecciones y que cualquier disputa electoral se resolvería en el Congreso o en las cortes. Pero no queda claro qué harían si el presidente alega que la seguridad nacional se encuentra en peligro, no reconoce su derrota y se declara ganador.

 

El insólito comportamiento de Trump, desconcertante y preocupante para respetados comentaristas y expertos, inclusive republicanos, sólo se puede explicar por su irritación y desesperación ante los persistentes números negativos de las encuestas: lo ubican detrás de Biden por más de 10 puntos porcentuales a nivel nacional, aunque perdiendo por menos en estados pendulares cruciales donde ganó en 2016. Biden lo aventaja entre mujeres, votantes sin educación universitaria y entre mayores de 65 años --sectores que en 2016 votaron por él. Su nivel de desaprobación es del 60%; y la mayoría del "establishment" político y mediático lo detesta.

Existe, sin embargo, la esperanza de que los resultados electorales muestren al final una diferencia sustantiva que no deje dudas sobre el ganador, y/o prevalezcan las instituciones republicanas y las normas cívicas tradicionales de la democracia norteamericana, como la moderación y el respeto por el estado de derecho. Es que no sólo la democracia norteamericana está en juego, sino también su imprescindible liderazgo del mundo liberal en el sistema internacional.

 

Ex-funcionario de la OEA. Autor de The Organization of American States as the Advocate and Guardian of Democracy

 

Otros artículos Por: Rubén M. Perina

 

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Rubén M. Perina, Ph.D.

Washington, D.C.

http://rmpreflexiones.blogspot.com

twitter: @rubenperina

 

 

 

https://www.clarin.com/opinion/injerencia-externa-elecciones-bolivia_0_H-McttaZ7.html

13 de octubre 2020

 

Injerencia externa en las elecciones Bolivianas

Jaime Aparicio O. y Rubén M. Perina*

 

Un principio del Derecho Interamericano, expresado en la Carta de la OEA,  establece que “ningún Estado o grupo de Estados tiene el derecho de intervenir, directa o indirectamente… en los asuntos internos o externos de cualquier otro“. 

 

En clara contradicción con ese principio, el gobierno argentino interviene insólitamente en el proceso electoral boliviano, apoyando abiertamente al candidato presidencial del expresidente de Evo Morales, se encuentra refugiado en Argentina realizando actividades político/electorales ignorando la solicitud del propio gobierno argentino de no involucrarse en tales actividades. 

 

Por su parte, México también ha cometido actos inadmisibles de injerencia en los asuntos internos de Bolivia, permitiendo que Evo Morales incite a grupos armados de cocaleros a rodear las ciudades de Bolivia para impedir el paso de alimentos. Además, recientes investigaciones e informes de la prensa boliviana sobre el fraude electoral en las pasadas elecciones de 2019, revelan que ciudadanos mexicanos aliados políticos del Presidente López Obrador participaron en la comisión del mismo.

Tanto la Presidente Jeanine Añez como la Canciller Karen Longaric han denunciado ante la OEA y la ONU  la intromisión argentina en los asuntos electorales de Bolivia.  De particular preocupación para las autoridades bolivianas han sido la reunión del Presidente Fernández con el candidato “evoista”, Luis Arce, y el apoyo expresado al mismo, así como sus referencias distorsionadas y selectivas sobre el informe de la Oficina de la Alta Comisionada de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que destaca los hechos de violencia ocurridos tras la renuncia e huida de Evo –ello con el objeto de desacreditar al gobierno y beneficiar la campaña de Evo en Argentina.

 

 La misma intención han tenido las ofensivas y falsas referencias del Canciller Felipe Solá al gobierno de Bolivia como “de facto“, cuando se sabe que la renuncia de Evo dejo un vació de poder que se resolvió constitucionalmente.  Igualmente, La Ministra de la Mujer de la Argentina, Elizabeth Gómez, suscribió una Carta al Secretario General de la ONU, junto a miembros del Grupo de Puebla, en la que se alega falazmente que el gobierno de Bolivia no tenía intención de realizar elecciones, cuando éstas se tuvieron que posponer en Mayo por el covid-19, y por solicitud del las autoridades electorales, designadas por el parlamento boliviano con mayoría del MAS. Injerencista también ha sido la reunión con Evo del Subsecretario de Obras Públicas, Edgardo Depetri, y el apoyo ofrecido a sus partidarios en Buenos Aires “para que Bolivia vuelva a ser un país libre y democrático".  Una injerencia indignante que violenta la integridad del proceso electoral y polariza la ciudadanía boliviana.  En todo caso, el apoyo para la organización de los comicios en Argentina debería ser neutral y ofrecerse por canales diplomáticos a las autoridades electorales bolivianas.

 

Los votos de los residentes bolivianos en Argentina (147 mil habilitados para votar), fundamentalmente en el gran Buenos Aires, representan un 2% de electorado y pueden impactar el resultado de las elecciones del próximo 18 de octubre; y es de tener en cuenta las numerosas irregularidades observadas por la ONG argentina Transparencia Electoral en las elecciones del año pasado.   

 

Es difícil de explicar el continuo  apoyo del gobierno argentino a Evo Morales  y su intromisión en los asuntos electorales de Bolivia, dado su tradicional apego al principio de no intervención,  y más cuando el ex mandatario está enjuiciado por varias causas penales y electorales y sigue siendo el jefe de  los productores de marihuana del Chapare, parte de cuya producción sale por Argentina. Las causas penales en su contra, por incitación a la violencia, sedición y estupro lo deberían excluir de su condición de refugiado, tal como lo establece la Ley (26.165) de Reconocimiento y Protección  de Refugiados.

 

Diversos analistas internacionales le asignan a ello motivos ideológicos ligados al proyecto geopolítico de la izquierda populista del grupo de Puebla.  Por otro lado, la injerencia argentina es contradictoria con su postura en la OEA donde su embajador ha rechazado por intervencionistas las condenas y los contundentes y alarmantes informes de la OEA y la ONU sobre violaciones a los derechos humanos perpetrados por la dictadura venezolana de Nicolás Maduro.

 

Las condenas e inclusive las sanciones contra los regímenes que quebrantan el orden democrático y violan los derechos humanos de sus ciudadanos no es intervencionismo. De hecho, la única intervención legítima que no es condenable es la que se lleva a cabo colectivamente en defensa de la democracia y los derechos humanos, tal como los estados americanos se han comprometido en la Carta Democrática de la OEA. 

 

 

 



* Jaime Aparicio es Embajador de Bolivia ante la OEA; Rubén M. Perina es analista político y ex funcionario de OEA.